
Hoy les cuento que me encuentro muy comodamente sentada en un tren europeo.
A mi lado derecho está mi mamá: creyendo que puede dormir, sin embargo deben de estar pasando por su cabeza mil cosas menos el sueño.
A mi lado izquierdo está es pasillo, pero cruzándolo se puede divisar a una gordita chilena, de tez pálida (aunque sus cachetes se mantienen rojizos) y sin zapatos, muy tranquila escribiendo y leyendo a la vez. Yo creo que debe estar anotando los lugares que va a conocer en París. Desde que me senté no ha rechazado ni una de las galletas que le ofreció la muchacha de enfrente suyo. Una rubiecita con cara adorable y fé de jovencita; se nota en su piel la cercanía al sol. Es argentina como nosotras; nos sonreímos cada tanto y sabemos que poseemos las mismas raices.
Detrás de la gordita, hay un personaje peculiar, de seguro, alemán, rubio y rellenito, con una barriga cervecera. En cuanto lo miro se altera. Tiene puestos unos tapones amarillos en los oidos.
Ya casi me olvidaba, en frente mío hay un italiano, supongo yo, jovencito que viaja junto a su amigo, ambos italianos. Tendran unos 16 años.
El jóven frente a mí duerme a pesar de la luz que hay en el tren. Parece estar en la etapa en la que se siente que el cuerpo no es reflejo de lo que sos, no parece cómodo con él y su aspecto, en cambio el jovenzuelo a su lado, está muy relajado, tanto que hasta sus pantalones lo dicen casi en el suelo. No duerme, juega con un papel, y en este instante acaba de despertar a su amigo. Con alma de picarón, metió el papel con el que jugaba en la nariz de su compañero; éste respondió alterado con cara somnolienta. El molesto muchachito sonrió y yo me reí sin poder contenerme, aunque debía hacerlo ya que había demasiado silencio. Lo único que se escuchaba era el sonido de los rieles chocando con el tren.